La batalla entre “Preocupación” vs. “Tranquilidad” la luchamos día a día. Todos los días, todo el tiempo, a cada minuto.

Muchas veces nos encontramos en la situación de ser presionados por otros para hacer algo que no queremos y nuestro diálogo interno nos susurra: “Quiero decirle que no, pero no quiero ni pensar en las consecuencias que ese “No” podría desatar.”

Pero en realidad, si reunimos el valor para decirle que “No” a las cosas que no queremos, nuestro mundo no se termina, no implosiona, sino todo lo contrario, se abre, se expande. Porque si no podemos decirle que “No” a las cosas que no queremos, nunca vamos a tener el tiempo y la energía necesarias para concretar lo que “Sí” queremos. Esa es la razón por la que no tenemos que tener miedo de decir nuestra verdad. 

Porque lo que toleramos es lo que nos preocupa. Lo que toleramos nos preocupa. Y toleramos todo aquello a lo que queremos, necesitamos o deberíamos decir que “No”. Todos esos momentos en los que decimos que “Sí” pero internamente sabemos que queremos decir “No”. Eso es lo que toleramos y tarde o temprano nos preocupa.

Somos adictos a las preocupaciones. Nuestra cultura ha cambiado tanto que ahora en vez de decir “Estoy pensando en esto…” esa expresión ha sido culturalmente reemplazada por “Estoy preocupado por esto…” y aun así:

El 40 % de lo que nos preocupa nunca ocurrirá. Nunca va a pasar. Es el equivalente de pagar el 40 % de una casa en la que nunca vamos a vivir, que nunca vamos a ver, a poseer, a experimentar. Sin embargo, cuando se trata de preocuparnos, lo hacemos todos los días.

El 30 % de lo que nos preocupa ya ha ocurrido. Son las cosas que ya hemos hecho o dicho y escapan a nuestro control.

El 12 % de lo que nos preocupa son las preocupaciones innecesarias sobre nuestra salud. Si nos duele la cabeza desarrollamos pequeñas fantasías de tumores y si consultamos al Dr. Google sabemos con certeza que nos quedan solo seis meses de vida.

El 10 % de lo que nos preocupa son cosas misceláneas cotidianas. Qué vamos a comer a la noche. Qué vamos a hacer el fin de semana. Quién va a llevar al perro al veterinario.

Eso nos deja un 8 % de preocupaciones reales y legítimas. Eso significa que el 92 % de las cosas que nos preocupan no tienen sentido. Y ese 92 % no sólo nos aleja de ser la mejor versión de nosotros mismos, sino que además nos impide vivir realmente. Nos impide vivir auténticamente y disfrutar de las cosas que queremos, porque estamos demasiado ocupados preocupándonos.

¿Qué pasaría si tomamos toda esta energía que nos ocupa este 92 % y la reutilizamos para hacer algo bueno, algo positivo? Y creamos algo tangible que podría ser agradable para nosotros y para otros a nuestro alrededor.

Todos estamos en un viaje para aumentar nuestras unidades de felicidad, de tranquilidad y de paz mental. Pero, ¿cómo podemos hacer esto?

  1. Silencio: abrazar el silencio, bajar el volumen de nuestra charla interna y reconectarnos con lo que realmente somos, con lo que verdaderamente queremos. El silencio nos habla. Nos ayuda a descubrir qué es lo que creemos, qué cosas son negociables y cuáles no son negociables para nosotros. Qué estamos dispuestos a hacer o a no hacer para conseguir lo que queremos. 
  1. Evaluar: evaluar qué y a quién estamos tolerando en nuestras vidas. Qué cosas y quiénes nos están causando más preocupación de la necesaria porque decimos que “Sí” cuando queremos decir “No”. Qué conversaciones difíciles estamos evitando.
  1. Ritualizar: ritualizar los hábitos que tienen el potencial de convertirnos en lo que queremos ser, de transformarnos en la mejor versión de nosotros mismos. Son simples rituales diarios para estar y mantenernos en nuestro mejor momento: dar una caminata por la mañana, leer un libro, dormir ocho horas diarias, practicar meditación, tomar una ducha caliente al final del día para dejar todo el estrés bajo el agua… Tener todos los días un tiempo de inspiración que sea “Mi tiempo”. Encontrar las cosas que necesitamos ritualizar para sentirnos felices, inspirados, saludables y satisfechos en lugar de estar preocupados. Y lo que es más importante: qué estamos tolerando que nos impide hacerlo. 
  1. Ser dueños de nuestras decisiones: No alcanza con desearlo, tenemos que convertirlo en realidad. Ser dueños de lo que queremos y lo que no queremos, de nuestros puntos negociables y no negociables. Ser conscientes de que nosotros somos los responsables de la elección de preocuparnos. Y ser dueños desde hoy, desde ahora, de cambiar esos hábitos que nos preocupan por otros que nos potencien. La tranquilidad es una elección. Es una elección que requiere mucho compromiso, mucho coraje, mucha entrega de nosotros mismos. Porque no es fácil decirles que “No” a aquellos que amamos. Por supuesto que es difícil, pero también es liberador. No es fácil ir a entrenar todos los días y practicar para desarrollar nuestra propia armonía con nosotros y con los demás, después de un largo día de trabajo. No es fácil, pero es liberador. Y ciertamente no es fácil tratarnos a nosotros mismos con la misma importancia que les damos a los demás. Pero es enormemente gratificante y liberador.

Y si todo esto no funciona, podemos citarnos con nuestras preocupaciones. Poner un día, una hora y hacer una cita con todo lo que nos preocupa. Entonces, en vez de preocuparnos todo el tiempo, podemos pensar “Un momento, me voy a sentar con vos el viernes a las cinco de la tarde para preocuparme por esto.” Y será sorprendente que cuando llegue el viernes a las cinco de la tarde probablemente muy pocas de esas preocupaciones acudan a la cita. Quizás ninguna.

 

The Power of Zero Tolerance

Isabelle Mercier-Turcotte

 

 

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